May 18, 2020

Sangre y bananos

Jaime Barrera Parra

Hoy traemos al blog de Frailejón una crónica de 1928 del gran periodista santandereano Jaime Barrera Parra, en la que cuenta cómo el ambiente y las gentes de la zona bananera le entregaron al caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, el horrible testimonio de la masacre de que fueran víctimas. Mediante una prosa elegante, aguda y sorpresiva, el cronista narra su dolor y su indignación.

Barrera Parra fue ejemplo de una época gloriosa del periodismo colombiano. Director de Lecturas Dominicales del periódico El Tiempo, escribió páginas que los lectores recibían con emoción y asombro. Su libro, "Panorama Antioqueño", es el tributo de admiración y gratitud más grande que se haya escrito sobre esa región. En nuestra próxima entrega publicaremos "Se busca un paisaje" una crónica espléndida de la que deben sentirse orgullosas las gentes de Santander.

Jaime Barrera Parra nació en San Gil en 1892 y murió en Medellín en 1935.


SANGRE Y BANANOS

Jaime Barrera Parra


Jorge Eliécer Gaitán, hombre de estudio, hizo un viaje a tierra de sol y de sangre. Aún está teñido de púrpura morena el suelo blanco sobre el cual habían galopado el espanto y la muerte. La región, todavía estremecida ante el recuerdo de la patrulla bárbara, vio llegar hasta los umbrales de sus chozas a un joven de ojos ardorosos, que llevaba debajo del brazo unas cuartillas de papel y un hirsuto lápiz que ladraba de sed, como un gozque. Ese joven era Gaitán. Él iba a levantar el expediente de la matanza ignominiosa. Se le veía en el rostro tostado un aire de verdad y de justicia. Hacia él empezaron a correr las cosas y los seres, como en una escena de milagro. Las viudas, despeinadas por el dolor, alzaban los hijos sobre los hombros y salían al paso del investigador para relatarle la tragedia. De las riberas, de los montes y de las colinas brotaba un gran grito unánime, que era el eco todavía fresco de la carnicería. La naturaleza se ofrecía como un libro, con todo su color y su aroma, para explicarle al recién venido los itinerarios de la muerte. Una luz verídica ilustraba la reconstrucción, lenta y azorada, de la hecatombe.

Jorge Eliécer Gaitán se sentó a escribir bajo un vuelo de buitres. La tierra cálida y el sol argelino vaciaban sobre él sus aromas y sus acideces. En las noches los muertos se sentaban a la cabecera de su lecho. Unos perros magros, venidos de lejanos y medrosos cementerios de aldea, aullaban hasta el amanecer. Eran aquellos unos amaneceres sin alondras. Sobre el silencio de los cielos la luz empezaba a picar como una potasa. Hacía un aire de peste y de plaza. Gaitán, ilustrado de todo el horror circundante, lanzó un gran grito: era que detrás de una tapia, con su cara de luna menguante, le sonreía la locura. Desesperado, lívido, empezó a echarse en los bolsillos todo el material de su drama. El viento del mar, salado y áspero infló como balones de payaso los bolsillos del hombre que huía. Dentro de él alternaban los muertos, los árboles y las casas. De un gran brinco épico, Gaitán agarró un aeroplano. El ave mansa, como una cigüeña que se robara a un niño loco, lo depositó en Girardot. Un tren expreso, conducido por mil cadáveres lo trajo el mismo día a Bogotá. Llegó de noche y no había luz eléctrica. Los bolsillos se habían desinflado. “Algún ratero del Paseo Bolívar”, se dijo el viajero. Pero en seguida comprendió que todo su equipaje macabro lo llevaba adentro, acomodado sobre el corazón como sobre una cuna.

Ahora ese hombre, que hace tres meses que no duerme, que no come sino lechugas, que se alumbra con internas fogatas, va a publicar un libro. Sobre sus páginas se oirá zumbar el viento que hace estremecer los platanales de Aracataca y de Sevilla. Se escuchará el silbido lúgubre de la fusilería y las espuelas de los pacificadores... Dentro del libro de Gaitán, como dentro de un circo, se oirá rugir la fiera...

No podemos concebir que ese libro sea una documentación yerta y certera, encaminada al alegato. Ha de ser un organismo de carne, lleno de latidos, que en una sabia fermentación de sangre y de crepúsculos, tendidos como un garfio humano sobre la sensibilidad de la República, provoque la distensión suprema del apóstrofe.