May 15, 2020

El descubrimiento de Pácora

Luis Tejada

No desperdicia Luis Tejada ni una palabra, de las pocas palabras que contiene cada uno de sus textos; nunca deja de valerse de las palabras de la mejor manera para que sus composiciones cortas sean obras maestras.

En cada frase de cada crónica de Luis Tejada se descubre, siempre, un resplandor de hermosura sobre cualquier asunto trivial; a menudo, una profunda reflexión que cuestiona los criterios más arraigados; y también, muchas veces, una nota de humor enorme, genial, feliz, disparatado.

En Frailejón Editores estamos ahora trabajando en la preparación de un libro antológico de crónicas, que fueron todas publicadas en libros y periódicos, crónicas que son como poemas en prosa, de este maravilloso escritor, cuyo nombre debe situarse entre los más importantes de nuestra literatura.

Luis Tejada nació en Barbosa, Antioquia, en 1898 y murió en Girardot, Cundinamarca, en 1924.

El descubrimiento de  Pácora

Luis Tejada

A Gabriel Cano


Mi querido director y amigo:


¿No ha oído contar el cuento de un pacoreño que fue al cielo? Es un poco simple, pero rigurosamente histórico:

Sucedió que un día murió un pacoreño –porque los pacoreños también se mueren– y fue derecho a las puertas del cielo. En ellas, naturalmente, encontró a San Pedro, quien, como es de ordenanza, le preguntó de dónde venía.

–Vengo de Pácora, señor –contestó el otro.

–¿De Pácora? ¿Pero dónde queda eso? –dijo San Pedro con cierta desconfianza–. Yo no he oído mencionar jamás ese lugar; tal vez es que usted se equivoca.

–No, señor –le respondió el pobre hombre–. Pácora es un pueblo que queda precisamente entre Santa Bárbara y Salamina. ¡Todo el mundo lo sabe!

En ese momento llegó el encargado del departamento geográfico del cielo, y San Pedro le expuso sus dudas. El encargado se caló los anteojos, y consultó con cuidado algunos mapas y varias carteras de apuntes. Al cabo, resumió:

–Pues aquí consta la existencia de Neira, de Aranzazu, de Salamina y hasta de Manizales, pero no se dice nada de Pácora ¡Lo más probable es que no exista!

Sin darse por vencido el buen pacoreño, siguió insistiendo, hasta que San Pedro, para terminar la cuestión de una vez resolvió llamar al Padre Eterno. Él, que lo sabe todo, hasta lo más oscuro y pequeño, debería decir si Pácora era una realidad en la Tierra, o una ilusión imaginaria de aquel recién llegado.

En efecto, vino el Padre Eterno y lo pusieron al corriente del asunto ¿Y qué creéis que sentenció? Pues dio unas vueltas por la estancia, con el dedo índice en el entrecejo, como hacen los que quieren recordar algo difícil, se atusó la barba varias veces, miró luego hacia el techo, después hacia el suelo, y, al fin, parándose dubitativo frente a San Pedro, exclamó:

–Hombre, ¡qué te parece que yo tampoco sé dónde queda Pácora! ...

Sin embargo, Pácora existe. No es una metáfora geográfica ni los pacoreños son personificaciones de algo imaginario. Yo lo puedo afirmar porque acabo de hacer el descubrimiento de Pácora. Sí, amigo mío, así como suena. ¿Es que sólo los Peary, los Cock, los Amundsen, pueden correr los peligros de las grandes excursiones, y descubrir regiones ignoradas? No, ¡También a un modesto periodista estaba destinada la gloria de llegar a plantar su sombrero en la percha, virgen quizá, del Hotel de Pácora!

Es cierto que antes se recorren peripecias indecibles y hasta se arrostra el peligro de morir de una insolación en el cañón de El Buey o de perecer literalmente de hambre en la Fonda de Arma Vieja; es cierto que hay que atravesar desiertos de más de tres leguas, prácticamente iguales al del Sahara, en cuanto a la sed, porque se desconoce la existencia de la cerveza: es cierto que hay que vivir, durante medio día largo, en la compañía molesta de animales salvajes, como las lagartijas de ojos fijos y las chicharras de estridente silbido y quien sabe si hasta culebras habrá entre esos matorrales; es cierto que hay que subir montañas, cruzar valles solitarios y vadear ríos más grandes y temibles que la quebrada Santa Elena. ¡Ah, si yo le refiriera cuánto hay que hacer y, sobre todo, cuánto hay que no hacer –no comer, no dormir a medio día, no conversar, no beber, no leer– para llegar a Pácora siquiera a las ocho de la noche!

Yo, que lo he hecho al fin, quisiera, a ejemplo de las descripciones que los excursionistas famosos han hecho de los habitantes de Groenlandia, o del centro de África, revelar al mundo –quizá lo haga algún día– el aspecto y las costumbres de estas gentes extrañas; quisiera decir cómo construyen sus raras viviendas y detallar ese procedimiento misterioso que adoptan para endurecer la carne, hasta el punto de no poderse partir con el cuchillo; quisiera describir los instrumentos de tortura, en forma de camas, porque obligan a pasar al forastero, o la manera como lo hacen morir de una indigestión, presentándole los huevos fritos en una forma cuyo secreto sólo ellos conocen. Pero me figuro que a usted, como periodista, le interesa por ahora el saber que, efectivamente, entre Santa Bárbara y Salamina, hay una población que se llama Pácora, hasta cuyas puertas no es imposible llegar algún día, si se pone en la empresa un poco de heroísmo.

Pácora, a 10 de febrero.